miércoles, 11 de julio de 2007

Fwd: DISCURSO POR LA TIERRA Y EL TERRITORIO



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From: Rafael Bautista S. <rafaelcorso@yahoo.com>
Date: 12-jul-2007 0:08
Subject: DISCURSO POR LA TIERRA Y EL TERRITORIO
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DISCURSO POR LA TIERRA Y EL TERRITORIO

A la marcha por las Autonomías Indígenas
Por Rafael Bautista S.

La discusión acerca de la tierra es propuesta por
quienes, precisamente, no tienen acceso a ella. Es
decir, la carencia y privación de tierra es el locus
desde el cual tiene sentido hablar por la tierra. La
no tenencia tiene aquí otro modo de entender el
"tener". No se trata de la propiedad de la tierra sino
del sentido que consideramos cuando nos referimos a la
tierra como nuestra. Al conjunto de derivaciones que
se desprende de la lógica de la propiedad se opone, de
este modo, la lógica de la pertenencia. Consideramos
algo nuestro cuando el grado de relación se establece
en términos de pertenencia. O sea, ¿qué se quiere
decir cuando se dice mi predio o mi mujer? La
pertenencia se entiende como aquella gratuidad pasiva
(la paciencia de la caricia que espera la respuesta
siempre libre) del merecedor; como diciendo: "yo
pertenezco a mi predio porque nací en él", "yo
pertenezco a esa mujer y no a otra, porque ella me
tomó un día para siempre". La pertenencia es una
relación de responsabilidad. Soy (es decir, estoy
constituido, soy lo que soy) alguien desde que ella me
hizo descubrir (la novedad que hace a quien descubre
lo que es) mi singularidad (la dialéctica del
descubrimiento precisa de la otredad; se trata de un
movimiento trascendental sólo posible por la presencia
de ella); del mismo modo, soy lo que soy desde que
nací en un lugar, porque ese lugar me dio la vida, le
dio a mis ojos el regalo de verle, a mis manos el
suelo donde se cultivan y la cultiva, el aire para que
la boca pueda cantarle...

La lógica de la propiedad diluye esta pertenencia y
esta relación de responsabilidad y estima más bien la
condición de la posesión, de modo que la pertenencia
se transforma en posesión. Yo no pertenezco a ella,
ella me pertenece, la relación ya no es de
merecimiento sino de imposición de uno sobre otro.
Algo es propiedad cuando es reducido a cosa: alguna
cosa como cualquier otra. La cosa no puede reclamar
pertenencia, su ubicuidad sólo se determina cuando
sirve a los fines que se propone el posesor, es decir,
cuando se subsume como medio de un fin que le es
impuesto. En tal situación, la libertad se devalúa a
una relación de oposición, donde la lógica de la
propiedad determina la libertad como incremento del
ser en el tener. De modo que se devalúa toda otredad
en mediación: todo aparecer en el horizonte de la
propiedad queda determinado como objeto a disposición;
esto hace posible una relación de dominio eficaz con
los utensilios (la tecnología moderna), pero hace
imposible construir relaciones humanas sobre ello:
toda relación humana acaba siendo inhumana cuando los
seres humanos se degradan a mera condición de objetos
a disposición.

Degradar todo a condición de objeto es necesaria en
una lógica de la propiedad. Porque dentro de esa
lógica el sujeto se sustantiviza y hace del resto una
indiferencia predicativa; pues el sujeto es el único
actor que, en el uso del verbo, garantiza para sí toda
acción en y sobre el resto (que está a disposición de
sus apetitos). La violencia se garantiza por la
gramática y, de ese modo, se reproduce en la
naturalidad del lenguaje cotidiano. Por eso se hace
necesaria la resemantización de lo mío y lo tuyo, es
decir, pasar lógicamente de la propiedad a la
pertenencia. Esto es necesario cuando se trata de
desmontar una estructura que se reproduce
inconscientemente en el momento racional por
excelencia: la palabra. En términos de la propiedad,
las fronteras y las delimitaciones garantizan la
separación y la desigualdad; en la pertenencia nos
remitimos a lo que nos une (el pacto presupone esta
lógica, pues se pacta desde una situación originaria
que nos remite siempre a una pertenencia común).

Dentro de la lógica de la pertenencia, la tierra no es
entonces un algo sino un alguien, cuyo artículo la
determina también sexualmente, es decir, es Ella, la
Tierra. Por eso se le dice Madre: Pachamama. La
relación que se establece es filial, es de Madre a
hijos. Los hijos hablan por la Madre cuando esta se
les es arrebatada. Los despojados de Tierra son como
huérfanos que lloran por la Madre cautiva. De tal modo
que también la Madre llora. Por eso se habla por Ella
no en términos de propiedad sino de pertenencia.
Nosotros pertenecemos a la Tierra como los hijos
pertenecen a la Madre. Las naciones indígenas y
originarias hablan por la Tierra porque Ella se
encuentra cautiva. El rescate es necesario cuando ya
no se trata sólo de la sobrevivencia de los hijos sino
de la vida misma de la Madre. La condición de
propiedad socava la existencia misma de la Madre. Los
que la reclaman son los merecedores de llamarse hijos
porque Ella misma no puede liberarse de una condición
que la condena a mera proveedora de riqueza para el
disfrute de unos cuantos y la miseria de los muchos.
Una situación de miseria se traduce en la Tierra
cuando esta pierde su capacidad reproductiva; lo cual
señala un irracional (y literal) aprovechamiento de
sus generosos favores. Como Madre, la Tierra, no puede
negarse a dar a los hijos lo que piden, hasta el
extremo de privarse del propio alimento y condenarse a
una situación anémica (crisis ecológica que se traduce
en la destrucción de su capacidad reproductiva).
Condición que produce una economía que se sostiene
sobre el principio de propiedad (que no es propiedad a
secas sino privada: donde lo que se priva es lo
común). El capitalismo es una economía que piensa en
cómo incrementar infinitamente la riqueza, pero
descuida lo fundamental: ¿cómo preservar las fuentes
de toda riqueza posible: el ser humano y la Tierra?
Estas fuentes no son como el afán de riqueza:
infinito. Son finitas, es decir, son fuentes que se
pueden secar. Sin seres humanos no hay reproducción
del capital. Sin Tierra no hay reproducción de la
vida. Pero si todo tiene condición de objeto entonces
no valen por lo que son sino por lo que se les puede
sacar; el afán de riqueza justifica la explotación sin
advertir las consecuencias de tal lógica: la vida es
finita y no se le puede sacar infinitamente todo lo
que tiene.

Hablar por la Tierra es hablar, en definitiva, por la
vida. Hablar por Ella significa pensar una economía
del merecimiento, es decir, una economía para la vida.
Se trata de una economía que no se fundamente en
optimizar la tasa de ganancias sino en asegurar la
vida de la comunidad toda y, en especial, la vida de
la Madre. Las naciones indígenas son los ahora
portavoces de la Madre, porque el horizonte
civilizatorio que les sostiene presupone a la Tierra
no como objeto sino como Sujeto, cuya jerarquía obliga
a la responsabilidad y la obediencia. Lo cual se
determina política y económicamente en lógicas más
racionales y universales que la racionalidad
moderna-occidental. Las contradicciones que arrastra
esta racionalidad no es sólo asunto de una séptima
parte de la humanidad, sino que arrastran a todo el
conjunto de la humanidad cuando lo que se encuentra en
peligro no es una civilización, ni siquiera una
cultura, sino la vida misma del planeta. Reestructurar
y recomponer otras formas de vida, en esta coyuntura
mundial, demanda no sólo su posibilidad sino su
necesidad; sobre todo cuando hablamos de reestablecer
una dignidad humana que supone el merecimiento de un
ser para la vida.

Este hablar por la Tierra aparece en una situación
crítica. Es un grito que clama y que se desata en
lamentos (porque nos jugamos la vida en ello); lo cual
deriva en movilizaciones, levantamientos, violencia;
porque se trata del dolor de la Madre que desata la
indignación de los hijos, pues son también hijos
quienes lastiman de muerte a la Madre por sus deseos
de poder y riqueza. Eso produce injusticia, como el
privar de agua al prójimo cuando se cerca una laguna
(como la laguna Corazón, de propiedad, además ilegal,
de la familia Marincovic) o la detentación de extensas
hectáreas como ostentación del patrimonio familiar. A
la Tierra le afecta la condición ética de quienes la
habitan, de otro modo no se podría entender la
siguiente afirmación: "¿Qué haz hecho? La voz de las
sangres de tu hermano está clamándome desde la tierra"
(Génesis 4:10). Es la Tierra la que clama la perdida
del hermano, porque es la Tierra la que recibe la
sangre derramada, como testigo impotente de lo que se
comete contra el hermano. Como otras tradiciones
anteriores a la modernidad occidental, la tradición
semita-hebrea tampoco responde a una relación
sujeto-objeto. Es más, se podría decir que la
modernidad es la única cultura que se sostiene sobre
esta relación; por eso su impacto sobre el resto del
mundo es contundente, pues esa relación hace posible
una producción y concentración de la riqueza nunca
antes vivida, ni siquiera imaginada. El desarrollo de
la tecnología moderna responde a una desmesura: la
satisfacción de todos los deseos, habidos e
inventados. Las necesidades se dejan de lado y las
preferencias aparecen como criterio único de
satisfacción; pero las necesidades se cumplen en su
satisfacción, las preferencias no; de modo que estas
se transforman en deseo, en el afán desmedido de
perseguir lo inalcanzable.

El afán de riqueza es infinito y este afán es un deseo
siempre en constante incremento, de modo que desea
siempre más, en una constante de insatisfacción
crónica, pues no se pone límites sino que todo límite
resiente su libertad, de modo que el despliegue de su
libertad se mueve en una infinitud devastadora. Las
libertades se enfrentan inevitablemente y aparece, de
este modo, la competencia; que necesariamente debe
normarse, mostrando así una imposibilidad de
principio, pero manifestando ya la última posibilidad
inherente de realización absoluta de la libertad: el
monopolio. La lógica de la propiedad manifiesta así su
imposibilidad: no puede haber propiedad para todos; y
manifiesta también su única posibilidad: la propiedad
es de uno solo, el monopolio como libertad absoluta de
la propiedad absoluta. Consecuencia inevitable de la
ontología del sujeto moderno, expresado por Kant,
Hegel, y la filosofía moderna: sujeto es quien se pone
sus propias determinaciones (secularización conceptual
del dios medieval). De ahí que la libertad es
irresponsable, porque no responde de sus actos a
nadie, salvo, claro, a sí mismo, porque hasta su dios
ha sido devaluado, pues sus condiciones formales
aparecen como condiciones del mismo sujeto. Cuando se
suplanta a Dios es cuando se levantan a los ídolos.

La lógica de la pertenencia, expresada culturalmente
de modo diverso, establece la religación obediente y
responsable con lo que nos sobrepasa y trasciende. De
modo que la trascendencia es posible para una finitud
(la humana) que contiene lo infinito como
reconocimiento propio de su necesidad de absoluto. La
modernidad amputa toda posibilidad de trascendencia,
pues se pone a sí misma como lo último, único y
absoluto, de modo que todo movimiento es un perpetuo,
eterno y trágico devenir de lo mismo sobre sí mismo.
"La tierra no puede venderse a perpetuidad, pues Mía
es la tierra, ustedes son sólo forasteros y residentes
respecto de Mí", dice en Levítico 25. Y cuando el
legendario cacique Seattle recibe la propuesta de
Isaac Stevens: vender las tierras de los Duwamish,
este le responde: "¿Cómo puedes comprar o vender el
cielo y el calor de la Tierra? Tal idea nos es
extraña. Si no somos dueños de la pureza del aire o
del resplandor del agua, ¿cómo puedes entonces
comprarlos?". Lo que no tiene carácter de propiedad no
tienen carácter de compra o venta. Lo que tiene
carácter de pertenencia tiene carácter de
merecimiento, de este modo se entiende la exhortación
como mandamiento: "Si tu hermano empobrece y pierde su
habilidad para la auto-manutención, deberás
sostenerlo, sea prosélito o residente, para que pueda
vivir junto a ti", (Levítico 25:35). La Tierra es una
bendición para el ser humano, de modo que esa
bendición debe ser reproducida para con su prójimo. El
prójimo es aquel que debe ser sostenido, el hermano
que empobrece y no puede reproducir su vida. El
despojo es el testimonio viviente que la Tierra sufre
impotente, una injusticia monumental que no re-liga
sino des-liga al ser humano de su Creador; porque el
rico no se redime si no hay redención para el pobre.
La injusticia genera maldición y la maldición genera
muerte, porque acaba también con el que la origina.
Una violencia sin misericordia sólo termina cuando ha
dado fin con todo, hasta consigo misma, a esto se
llama suicidio colectivo.

Un discurso por la Tierra se hace, de este modo,
necesario. Cuando la vida demanda su atención es
porque la vida se encuentra en peligro. La defensa por
la Tierra es defensa, en última instancia, por la
vida. Esa defensa se determina también como lucha por
el territorio. Porque no se nace ni se vive en toda la
Tierra sino en un lugar de Ella: en un territorio.
Esto es lo que llamamos: mi predio. El lugar como la
casa, al que retornamos siempre, en realidad y en
sueños, como lugar que nos es dado y al cual nos
debemos. La autodeterminación es lo constitutivo de un
pueblo libre que reclama su pertenencia a la Tierra
determinada como territorio. En la lógica de la
pertenencia la libertad es responsabilidad, por todo y
por todos. El ser humano es el más alto eslabón que ha
creado la vida, de modo que es el que tiene a su cargo
toda la creación ante su Creador. Cuando se dice ser
humano se dice ser capaz de autodeterminación, es
decir, de autonomía, de capacidad de juicio moral, por
tanto, de vida moral, esto es, un ser capaz de
responder de y por sus actos ante todo y ante todos,
eminentemente autoreflexivo, autoconsciente; en
definitiva, un ser libre.

Por eso autonomía quiere decir autodeterminación: el
desarrollo que la conciencia produce como
autoconciencia, como producción de su propio
conocimiento, en un proceso de liberación. Pero si se
asume inconcientemente el saber del dominador entonces
no hay autodeterminación sino subordinación
disfrazada: el siervo es siervo porque no produce
conocimiento propio (su liberación) y se somete
voluntariamente. Por eso el estatuto "autonomista" (el
disfraz que ahora presenta el colonialismo interno)
camba no argumenta, porque no hay autoconciencia, no
hay conocimiento propio, sólo asunción ciega del
patrón moderno de dominación. Por eso pretenden la
conservación de una delimitación colonial, como la
departamental (desde donde se administra políticamente
la desigualdad económica). Desconociendo a la víctima
su territorio se le niega su autodeterminación, es
decir, su dignidad absoluta de sujeto de derechos
humanos y políticos. Por eso el estatuto "autonomista"
quiere asegurar para sí la potestad sobre la tierra y
negársela a los demás. Así piensa el subordinado: que
toda libertad radica en el atropello de la libertad
ajena; por eso se somete, porque, en definitiva,
persigue el modelo del amo: dominar. Por eso se afana
en agradar al amo (como los medios ahora defienden al
embajador gringo: ¿qué pueden hacer unas cuantas
balitas?), porque busca el reconocimiento del amo, lo
cual es ridículo, ya que el siervo no sabe ni siquiera
reconocerse a sí mismo, como lo que es. Sólo la
autoconciencia produce la autodeterminación, es decir,
la liberación. Pero el siervo que busca dominar no
libera ni se libera. La verdadera autonomía proviene
de las verdaderas víctimas, las naciones indígenas y
originarias, y ellas son las que le enseñan al siervo
que otra forma de vida es posible, porque ellas están
produciendo este proceso de transformación que
vivimos; es decir, ellas nos están enseñando en qué
consiste la libertad, la propiedad, la pertenencia, la
Tierra y la vida.

Rafael Bautista S.
Autor de "OCTUBRE: EL LADO OSCURO DE LA LUNA"
Ed. "Tercera Piel", La Paz, Bolivia.
rafaelcorso@yahoo.com
La Paz, julio de 2007


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