Padre qué le han hecho al río,
Que ya no canta…
Joan Manuel Serrat
El soberbio paisaje del Litoral Argentino deslumbra, determina y motiva.
Es fastuoso, soberbio, admirable, tanto como nuestra Cordillera.
Comienza en Misiones con las afamadas cataratas, continúa en la provincia de Corrientes nutriendo lagunas y esteros y se derrumba sobre la mágica Entre Ríos en el vuelo pluvial de dos colosos, el Paraná y el Uruguay, que desembocando en el Plata, aportarán su jugo vital que mezclado con la mugre, será aseado esforzadamente por el Atlántico muy lejos de la costa.
Apenas finalizada la Dictadura Militar visitaba Concordia con un grupo de alumnos, poco tiempo después de que otra maldad llevara a la antigua ciudad de Federación a desaparecer bajo las aguas, con motivo de la construcción de la represa de Salto Grande y la usina que estábamos por visitar.
Nunca me había caído simpático ese emprendimiento por la desaparición de la hermosa urbe que hoy reposa debajo del espejo poblada de fantasmas. Obra que además nos privó de saltos rocosos que como guardianes de piedra adornaban la bajada del río, mientras las truchas vivaces enaltecían la corriente para desovar mientras los pájaros trinaban música litoraleña.
Tampoco olvidaré el instante en que el Uruguay se me apareció de frente. Originaria de la imponente Cordillera de los Andes, era difícil sentirse impresionada por este río de llanura, pero observarlo deslizarse con una calma sólo interrumpida por el trino de sus aves, me llevó a susurrar con exclamativa admiración provocada por el hechicero Río de los Pájaros. -El Uruguay no existe.-dije.- Es la metáfora de un río que está en otra parte,- mientras su canto rodado colorido y brillante crujía entre mis piernas, la tibieza verde oliva señalaba su realidad y a destiempo pensaba yo que su torrente era sólo una quimera serpenteando entre arenas y escorpiones africanos.
Hube de acercarme a la orilla para hurgar el agua, deslizarla entre mis dedos abiertos de extrañezas y darme cuenta de que en realidad el líquido existía.
El entrerriano es un argentino especial. Toma y fabrica mates. Su juventud ocupa plazas sin vasos de coca cola o de infames jeringas porque para ellos esta infusión es fundamental. Le rinden culto como nuestros hermanos de la cercana ribera, gente que también se caracteriza por ser especial. Buenos, solidarios, humildes, atentos. No alcanzan las palabras para ese pueblo a quien percibimos como a familiares cercanos.
Creo en los entrerrianos y creo también en el pueblo uruguayo. Conozco sus voluntades y bríos generalmente entregados a la defensa de las causas justas.
Pero el Río Uruguay es de todos y también juntos vamos a perderlo. No a su metáfora ni a los poemas que se le hayan escrito, ni a las pinturas que reflejen su paisaje. Perderemos su realidad, quebranto que presagiamos cuando un humo negro comenzó a brotar desde moles parecidas a campos de concentración distribuidas en su ribera, volviendo al majestuoso estuario tan indecoroso y obsceno como el de la Plata porque privado de su lecho arenoso, de pájaros cantores y truchas saltarinas festejadas en el poema de Zorrilla, se percibe mancillado, oscuro y ultrajado.
Su vulnerado cauce convertido en fango traspasará la mano del capitalismo, del negocio, de las mafias que no vacilan en hundir ciudades bajo las aguas como ordenó la dictadura genocida cuando los campos de concentración funcionaban en ambas márgenes.
Muy pronto el río no conformará ni siquiera una metáfora y de verdad tampoco existirá en alguna parte, porque atrapado por el homicida invasor enfermará, asesinará y destrozará su imagen junto a las almas de los argentinos y uruguayos.
Antes, entonces, aquella vez, hace mucho, era un río disfrutado y se desenvolvía como una verdadera frontera entre dos nacionalidades hermanas.
Hoy, en cambio, dañado por la pestilencia del capitalismo salvaje y extranjero, nuestro Danubio comenzará a olvidarse dramáticamente de que alguna vez fue de color azul.
ADRIANA VEGA





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